Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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--En la Bastilla, Sire.
--Y en un calabozo, y pasando por loco, ¿no es verdad?
--Lo es, Sire.
--Y aquí nadie conoce más que a Marchiali.
--De seguro, Sire.
--Pues dejad las cosas como están. Dejad al loco que se pudra en un calabozo de la Bastilla, y los seño-
res de Herblay y de Vallón para nada necesitan de mi clemencia. Su nuevo rey les obedecerá.
--Vuestra Majestad me injuria, y hace mal --replicó Fouquet con sequedad. --Ni yo soy tan niño, ni el
señor de Herblay tan inepto que no nos hayamos hecho todas esas reflexiones y si yo, como decís, hubiese
querido sentar en el trono a un nuevo rey, ¿a qué haber venido a forzar las puertas de la Bastilla para arran-
caros de ella? Esto cae de su peso. Vuestra Majestad tiene el juicio turbado con la cólera; de lo contrario,
no ofendería sin razón a su servidor que le ha prestado el más importante servicio.
Viendo Luis XIV que se había excedido, que las puertas de la Bastilla todavía estaban cerradas para él,
mientras poco a poco iban abriéndose las esclusas tras las cuales el generoso Fouquet contenía su cólera,
repuso:
--No lo he dicho para humillaros. ¡Dios me libre! Lo que hay, es que os dirigís a mí para obtener un per-
dón, y os respondo según me dicta mi conciencia. Ahora bien, según mi conciencia, los culpables de quie-
nes estamos hablando no son dignos de clemencia ni de perdón.
Fouquet guardó silencio.
--En esto --prosiguió el rey, --mi conducta es tan generosa como la vuestra en cuanto a lo que os ha
traído, porque la verdad es que estoy en vuestro poder. Y aun añado que lo es más, atento que vos me im-
ponéis condiciones de las cuales pueden pender mi libertad y mi vida, y el negarme a admitirlas, es hacer
un sacrificio.
--Realmente la sinrazón está de mi parte --repuso Fouquet; --en la apariencia os obligaba a ser clemen-
te; me arrepiento, Sire, y os suplico que me perdonéis.
--Lo estáis, mi querido señor Fouquet --dijo el rey sonriéndose de modo que acabó de serenar su rostro,
alterado desde la víspera, por tantos acontecimientos.
--Bueno, yo ya he obtenido mi perdón --repuso el obstinado ministro-- --pero ¿y los señores de Her-
blay y de Vallón?
--No lo obtendrán mientras yo viva --replicó el inflexible rey. --Hacedme la merced de no volver a de-
cirme jamás una palabra sobre el particular.
--Seréis obedecido, Sire.
--¿Y no me guardaréis rencor por mi negativa?
--No, Sire, porque había previsto el caso.
--¿Vos habéis previsto el caso de que yo negaría el perdón a aquellos señores?
--Sí, Sire, y lo prueba el que he tomado todas mis disposiciones en consonancia con mi previsión.
--¿Qué queréis decir? --exclamó con sorpresa el soberano. --Por decirlo así, el señor de Herblay acaba
de ponerse a mi discreción, dejándome la honra de salvar a mi rey y a mi patria. ¿Podía yo condenar a
muerte al señor de Herblay? No, como tampoco exponerle a la legítima indignación de Vuestra Majestad,
lo cual hubiera sido lo mismo que si yo hubiese matado por mi mano.
--¿Qué habéis hecho?
--Sire, he dado al señor de Herblay mis mejores caballos, y llevan cuatro horas de delantera a cuantos
Vuestra Majestad pueda enviar en persecución de aquél.
--Está bien --exclamó Luis: --pero el mundo es bastante grande para que mis corredores ganen sobre
vuestros caballos las cuatro horas de delantera que habéis concedido al señor de Herblay.
--Al concederle cuatro horas, Sire, sabía que le daba la vida, y la salvará.
--¿Cómo?
--Porque tras una carrera en la cual siempre llevará cuatro horas de ventaja a vuestros mosqueteros, lle-
gará a mi castillo de Belle-Isle, donde le he dado asilo.
--Bueno --replicó el rey; --pero olvidáis que me donasteis Belle-Isle.
--No para hacer arrestar en ella a mis amigos.
--¡Ah! ¿os reincorporáis de Belle-Isle? --Para eso, sí, Sire.
--Mis mosqueteros volverán a quitárosla, y en paz.
--Ni vuestros mosqueteros ni todo vuestro ejército son capaces de tomarla, Sire. Belle-Isle es inexpug-
nable --dijo Fouquet con frialdad.
El rey perdió el color y lanzó un rayo por los ojos. Fouquet conoció que estaba perdido; pero como no era
hombre que retrocediera ante la voz del honor, sostuvo la rencorosa mirada del rey, que devoró su rabia.
--¿Vamos a Vaux? --preguntó Luis XIV tras una pausa de silencio.
--Estoy a las órdenes de Vuestra Majestad --contestó Fouquet haciendo una profunda reverencia; --
pero creo que Vuestra Majestad no puede prescindir de mudar de traje antes de presentarse en la corte.
--Pasaremos por el Louvre --dijo el rey.
--Vamos.
Luis XIV y Fouquet se marcharon en presencia del despavorido Baisemeaux, que una vez más vio salir a


 

 
 

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